Y ese diluvio universal, que junto con las luces y la música inundaban esta maldita ciudad. El cielo decidió bañar a la ciudad y los desagües decidieron que ese baño sea de inmersión. Y así, los autos, los edificios, los containers y todo lo urbano aprendió a nadar. Y el asfalto mantuvo su respiración.
La vida ataca a la ciudad y la ciudad le teme, la combate.
Y yo, sintiendo las gotas en la cara, y los pies sumergidos, mirando ese baile de luces y escuchando ese compás sin ritmo de truenos, sonrío ante tal espectáculo.
Merodear entre tantos ojos. Leer, deletrear aquel real mensaje entre lineas.
Avanzar
Cuando cerró los ojos, una película se proyectó en sus párpados. Más que una película, era una secuencia de fotos.
Una por una, en orden de tiempo. De la más vieja a la más reciente. De la primera a la última.
Una por una, vio ese álbum de recuerdos, los sintió como si estuviera ahí.
Desde el más mínimo detalle que quedó guardado en su cerebro.
Y cuando la última foto, la última escena, la verdadera última imagen se desvaneció... No sintió angustia ni tristeza. Simplemente ese sentimiento de extrañar, pero no desgarrador.
Cuando su película se acabó, se dio cuenta de que en la mano tenía una cámara apagada, que debería prender.
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