No era una sensación de
libertad. El aire me quemaba la cara y el cuerpo. Me aplastaba los órganos.
Arriba no había nada, abajo tampoco. Solo me daba cuenta cuál era cuál, por los
lugares en los cuales los latigazos de aire me acariciaban. Como si pensara que
su contacto fuera placentero. Tan acostumbrado a las caras de paz de las
personas, cuando una suave brisa recorre su pelo. Pero esto no era una suave
brisa. No era un fuerte viento. La gravedad me estaba jugando una mala pasada.
El viento puede ir en la dirección que le dé la gana. Yo, no. Y como me ponía
en su camino, me castigaba. Como si lo estuviera molestando, como si le hiciera
enojarse.
No era mi intención cambiar su
trayecto. Incontrolablemente yo caía sin fin y, lamentablemente, él se ponía en
mi camino.