Y ese diluvio universal, que junto con las luces y la música inundaban esta maldita ciudad. El cielo decidió bañar a la ciudad y los desagües decidieron que ese baño sea de inmersión. Y así, los autos, los edificios, los containers y todo lo urbano aprendió a nadar. Y el asfalto mantuvo su respiración.
La vida ataca a la ciudad y la ciudad le teme, la combate.
Y yo, sintiendo las gotas en la cara, y los pies sumergidos, mirando ese baile de luces y escuchando ese compás sin ritmo de truenos, sonrío ante tal espectáculo.
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