Y las piernas se movían, en un baile interminable.
Siempre igual, siempre a ritmo. Solo cambiaban su rutina para no caerse ante la quietud de la luz roja.
Y las manos sostenían, abrazaban el manubrio del equilibrio.
Siempre igual, siempre cerradas. Solo rompían esa línea transversal para cambiar de rumbo.
Y la cara sonreía, sentía el viento y su pelo ondular.
Me sentía en vacaciones de verano, pero de un día fresco. Los ruidos. La música y las voces.
Esas cosas me hicieron recordar momentos que no viví.
Y por un segundo, solo por un largo segundo, me olvidé de todo.
De TODO.
Del estudio, de la plata, de la gente, del amor, del odio, del enojo, de la angustia. La terrible angustia que viene cazando mis días.
Y por ese segundo, solo por ese segundo, fui feliz.
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