Merodear entre tantos ojos. Leer, deletrear aquel real mensaje entre lineas.

Escribo cuando quiero, no cuando me digan que escriba.

A veces me dan ganas de escribir, y cuando eso pasa las palabras fluyen solas.
Vienen a mi mente como si ya las supiera de antemano y viajan desde mi cerebro, a través de mi nuca, cuello y hombro para andar por mi brazo y llegar a mis dedos que suavemente conducen un lápiz en un papel para que esas palabras queden plasmadas en la realidad.
A veces me dan ganas de escribir y a veces no.
Y cuando las voces ajenas me dicen, imploran y gritan que escriba sin que mis ganas estén presentes, mi cabeza se apaga como si hubiera un cortocircuito. Como si pensar tanto en qué plasmar sin encontrarlo mandara choques eléctricos a mis neuronas hasta tal límite en que se ponen de acuerdo en dejar de trabajar.
A veces me dan ganas de escribir y a veces no.
Ahora, no quería escribir, pero las palabras me escupieron en la cara sin encender mis neuronas.
A veces me dan ganas de escribir, y a veces ¿No me dan ganas?

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