Merodear entre tantos ojos. Leer, deletrear aquel real mensaje entre lineas.

Dulce viento

Si tan solo abriera la ventana, tantas cosas podrían pasar.
El silbido que provoca el viento, escurriéndose por cada uno de los espacios y agujeritos que deja la casa, provoca una reacción en mi nuca, sin contar unas ganas de salir a volar. De acompañar al aire, de dejarme llevar por él. De cerrar los ojos y sentir sus caricias frías en mis mejillas y como despeina mi pelo.
Debe ser adrenalina, o algo similar, lo que genera que se me ericen los pelos, y esas ganas de saltar.
Su velocidad provoca ruidos; árboles crujiendo, ventanas chocando, persianas resistiendo y ese susurro que llega por un oído y sale por el otro. Se forman palabras y el viento me habla: <<Salí a la vida, apreciame, sentime, intentá agarrarme, alcanzarme y respirarme. Tomá mi mano y tomá otra mano, arrastrá más manos y más cuerpos y más vida hacia los límites del día y la noche, hacia la oscuridad del no saber dirección, hacia la luz de reconocerse a sí mismos. Vengan, síganme... Si pueden>>
Y así es como interpreto un torrente de oxígeno y polvo y hojas y partículas invisibles que podrían envolverme en su calidez helada si tan solo abriera la ventana.

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